Escozor
Sábado de madrugada y me levanto de la cama por la rasquiña en la planta de los pies. No la sarna, ni los fantasmagóricos sabañones que espantan desde su lavadero de un día de infancia en La Palma que desciende vertiginosamente loma abajo hacia su destrucción (en fin, es una larga historia). Tampoco sudor ni suciedad acumulada a la altura del carcañal, y ni siquiera lepra ni envidia ajena ni indicación infalible de que habrá dinero el mes que viene. Apenas un mosquito zancudo, parece, o quizás una de esas pulgas que le encontré muerta al gatito entre el pelo, pero viva. No aguanto más la rasquiña (el escozor) y me levanto, primero con la intención de untarme algo que me la saque la rasquiña (dónde estás Caladryl / no oigo tu palpitar) y luego, rebajado a unos cuantos frotecitos de aceite del árbol del té que no hacen gran cosa, salgo de la cama y de la pieza sintiendo que es inútil, que no se calma, que más me valdría levantarme y ponerme a hacer algo útil en el mundo, que lo que es el sueño no parece que vaya a lograr recuperarlo esta noche.

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