J es un chico boliviano que se queda en casa por estos días. Viene de Potosí, ciudad minera, y es la primera vez que está en este país. Sospecho que será también la primera vez que viaja fuera de su natal Bolivia. Apenas nos conocimos anoche, J y yo, y sé mucho menos de él de lo que quisiera. Pero con sus 16 años y su mirada humilde me hace recordar con fuerza lo que era tener esa edad y también lo que es ver otro mundo con los ojos de sorpresa y de primera vez que busco a veces encontrar mediante la meditación y la consciencia de estar vivo.
Conocimos a J anoche, aunque hacía ya varias semanas que lo esperábamos, y estoy seguro de que él también a nosotros. De todos los lugares posibles, vinimos a vernos y hablarnos por primera vez en el baño. Él se lavaba cara y manos y se mojaba la cabeza, quizás tratando de lavarse también el nerviosismo y la angustia de conocer a su “familia” temporal en pocos momentos. Debajo del brazo llevaba su quena, que debía tocar como parte de la presentación cultural que los chicos bolivianos harían a sus familias. Creo que nos miramos por primera vez en el reflejo del espejo, un reflejo ubicado justo sobre una capa de plata. Le pregunté si era parte del grupo boliviano, y él me respondió que sí. Luego, cuando me dijo su nombre, supe que era él, y así se lo comuniqué. Fue entonces que él dio la vuelta y nos miramos por primera vez cara a cara, “eye to eye” como dicen por acá.
No quiero hablar por él, pero al tiempo quiero intentar entrar en su cabeza y observar su mente como inspiración. Porque lo que debe tener en este momento allí debe ser bien complicado: entre la novedad y la felicidad de estar realizando un viaje como este, mezclado con el cansancio físico y mental de estar expuesto a todas las situaciones a las que les exponen en el programa con el cual participa.
Creo que lo que realmente quiero decir es: si yo fuera él, ¿cómo estaría viendo el mundo en este momento? El cuerpo, sintiendo el frío árido del invierno de este hemisferio, tan distinto al frío que ha experimentado antes en Potosí. La nieve pisada, la nieve que mezclada con hielo produce algo como un rechinar bajo los pies a nuestro paso. El frío penetrante de la mañana en la cabeza, en el pelo húmedo que ahora está congelado. La visión de la nieve cubriendo las calles, acumulándose en las aceras y sobre las ramas. Y la mención al paso de las ardillas que habitaban la zona. Esas ardillas que ha visto un par de veces en su vida y que ahora, dicen, estarán allí, a la vista, a través de su ventana, en las mañanas. La ventana de esa habitación pequeña en la que ahora duerme con pocas comodidades, pero muchas más de las que esperaría encontrar en un lugar en el que le hospedan. A los pies de la cama un acuario, unos pececitos, de los cuales es urgente saber el nombre, pues son seres vivos, y serán compañeros también durante estas semanas. El overload de información, que empieza y termina en el idioma mismo, en que el mundo afuera está y se hace en inglés, no importa si en casa le hablan español (sí importa, claro, y mucho, pero no oculta el hecho que apunto) y si le van mostrando el mundo en español y rodeándolo de gente que le habla en su idioma natal (porque ese es el idioma que habla en casa, allá, en la lejana Potosí, donde su madre y su melliza y demás hermanos tratarán de imaginarse lo que hace, tratarán de poner juntos los pedazos que le llegan en las cortas llamadas telefónicas, en los mensajes de correo electrónico.
J nos acompañará estas semanas. Y yo intentaré agradecerle su presencia recordando lo que es mirar el mundo con los ojos atentos y despiertos, conscientes de que siempre lo vemos por primera y última vez.