sexta-feira, janeiro 25, 2008

Visitantes

Ahora veo que tantas de estas palabras están construidas alrededor de visitantes. Tanta de la escritura obedece a una presencia que aparece en nuestras vidas, que nos recuerda que somos otros, que a otros nos debemos.

J de Potosi

J es un chico boliviano que se queda en casa por estos días. Viene de Potosí, ciudad minera, y es la primera vez que está en este país. Sospecho que será también la primera vez que viaja fuera de su natal Bolivia. Apenas nos conocimos anoche, J y yo, y sé mucho menos de él de lo que quisiera. Pero con sus 16 años y su mirada humilde me hace recordar con fuerza lo que era tener esa edad y también lo que es ver otro mundo con los ojos de sorpresa y de primera vez que busco a veces encontrar mediante la meditación y la consciencia de estar vivo.

Conocimos a J anoche, aunque hacía ya varias semanas que lo esperábamos, y estoy seguro de que él también a nosotros. De todos los lugares posibles, vinimos a vernos y hablarnos por primera vez en el baño. Él se lavaba cara y manos y se mojaba la cabeza, quizás tratando de lavarse también el nerviosismo y la angustia de conocer a su “familia” temporal en pocos momentos. Debajo del brazo llevaba su quena, que debía tocar como parte de la presentación cultural que los chicos bolivianos harían a sus familias. Creo que nos miramos por primera vez en el reflejo del espejo, un reflejo ubicado justo sobre una capa de plata. Le pregunté si era parte del grupo boliviano, y él me respondió que sí. Luego, cuando me dijo su nombre, supe que era él, y así se lo comuniqué. Fue entonces que él dio la vuelta y nos miramos por primera vez cara a cara, “eye to eye” como dicen por acá.

No quiero hablar por él, pero al tiempo quiero intentar entrar en su cabeza y observar su mente como inspiración. Porque lo que debe tener en este momento allí debe ser bien complicado: entre la novedad y la felicidad de estar realizando un viaje como este, mezclado con el cansancio físico y mental de estar expuesto a todas las situaciones a las que les exponen en el programa con el cual participa.

Creo que lo que realmente quiero decir es: si yo fuera él, ¿cómo estaría viendo el mundo en este momento? El cuerpo, sintiendo el frío árido del invierno de este hemisferio, tan distinto al frío que ha experimentado antes en Potosí. La nieve pisada, la nieve que mezclada con hielo produce algo como un rechinar bajo los pies a nuestro paso. El frío penetrante de la mañana en la cabeza, en el pelo húmedo que ahora está congelado. La visión de la nieve cubriendo las calles, acumulándose en las aceras y sobre las ramas. Y la mención al paso de las ardillas que habitaban la zona. Esas ardillas que ha visto un par de veces en su vida y que ahora, dicen, estarán allí, a la vista, a través de su ventana, en las mañanas. La ventana de esa habitación pequeña en la que ahora duerme con pocas comodidades, pero muchas más de las que esperaría encontrar en un lugar en el que le hospedan. A los pies de la cama un acuario, unos pececitos, de los cuales es urgente saber el nombre, pues son seres vivos, y serán compañeros también durante estas semanas. El overload de información, que empieza y termina en el idioma mismo, en que el mundo afuera está y se hace en inglés, no importa si en casa le hablan español (sí importa, claro, y mucho, pero no oculta el hecho que apunto) y si le van mostrando el mundo en español y rodeándolo de gente que le habla en su idioma natal (porque ese es el idioma que habla en casa, allá, en la lejana Potosí, donde su madre y su melliza y demás hermanos tratarán de imaginarse lo que hace, tratarán de poner juntos los pedazos que le llegan en las cortas llamadas telefónicas, en los mensajes de correo electrónico.

J nos acompañará estas semanas. Y yo intentaré agradecerle su presencia recordando lo que es mirar el mundo con los ojos atentos y despiertos, conscientes de que siempre lo vemos por primera y última vez.

terça-feira, janeiro 15, 2008

Visitante de ensueño

Anoche una vez más me visitaste en sueños. Yo estaba en una fiesta en una gran casona que parecía una de esas que todavía existen en La Candelaria. Era una noche fría como las bogotanas, y había gente, aunque no demasiada, en todas las áreas de la casa. Algunos bailaban rock por aquí, otros se entregaban a la fiebre de la salsa por allá. No sé exactamente qué hacía yo, aunque no bailaba y me parece recordar que sostenía todo el tiempo algo entre las manos. Quizás sin ser consciente de ello lo que hacía era esperar tu llegada, que todos anunciaban y deseaban. Se hablaba de tu vida en el extranjero, y aunque creo que nadie esperaba que llegaras, invocar tu nombre era un pase mágico cuyo resultado sería inevitable. Y tal cual, hacia el final de la noche, cuando ya las fuerzas decaían y el frío se ensartaba entre los huesos como un alambre de púas, apareciste tú, radiante, como recién bajada de un tren. Parado junto a un portón de alambre alto que seguramente cubría los linderos de la casa te vi acercarte caminando por el borde de la carrilera. Venías fresca y segura, y como a Antígona en “Noche sin fortuna”, parecía que a ti la noche no pudiera pasarte por encima. Alcancé a saludarte y expresarte mi alegría de verte, pero tuve que quedarme con las ganas de hablar más contigo: había mucha gente que se alegraba de verte y que quería tener unos minutos contigo.
Más adelante te busque por la casa, pero no pude encontrarte. Todos hablaban de ti, hasta los personajes más ilustres, quienes pronunciaban tu nombre como el de una amiga muy cercana. Las voces y sonidos que pasaban a través de una puerta cerrada me hacían sospechar que estabas adentro de uno de los cuartos. Esperé pacientemente, queriendo decirte algo sobre una persona que te conocía y que me había hablado de ti hace poco. Creo que la noticia era que esta persona había muerto o desaparecido.
Mi noche terminó en un borrón entre los timbrazos del despertador y las primeras palabras de Leti dándole la bienvenida al día. No pude hablar más contigo en ese sueño, pero quedé con una sensación tibia en el alma por haber podido, aunque fuera por un instante, volver a verte.

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sábado, fevereiro 24, 2007

Why not?

Let's get together and live together here every once in a while. We're all welcome: "La casa es chica pero el corazOn es grande".


Preguntá. Respondé. Descubrí.
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segunda-feira, maio 22, 2006

new arrival - nacimiento - nascimento

Querid@s amig@s y familiares,

Con alegría queremos comunicarles el nacimiento de Leticia Sage
Gómez-Faulk. Con unos cuantos días de anticipación, Leticia llegó a
nosotros a las 4:08 de la madrugada del 21 de mayo. Leticia pesó 346 g y midió 52.1 cm al nacer. Tanto ella como la mamá y el resto del equipo están en perfectas condiciones, dedicad@s a recuperarse en casa.


Hello everyone,

Just a quick note to let you know that Leticia Sage Gómez Faulk was
born a little eariler that expected, and joined us here in the outside
world on early Sunday morning (May 21st) at 4:08am. We are all doing wonderful. She weighed 7lbs 10oz (3.46kg), and was 20.5 inches (52.1cm) long. We will write more soon, but for now will get back to resting, recovering, and enjoying the newest member of our family.

Ola' a todos!

Estamos felizes em comunicar a voces todos o nascimento de Leticia Sage
Gómez-Faulk. Ela nasceu um pouco antes do que esperado, às 4h08 no dia
21 de maio. Nasceu bem, com saude, pesando 346g e com 52.1 cm. Tanto
ela como sua mãe, bem como seu papai e os irmãos, estão felizes, em
boas condições, e agora em recuperação em casa.

In happiness
Alegría
Um grande abraco

Leticia
Céu
Ash
Karen
Felipe

terça-feira, maio 31, 2005

Anoche vi los árboles de esta cuadra. Venía frustrado y desesperado, iracundo. Por momentos logro hacer que caigan las escamas de los ojos.

Hoy estuve nadando con K y C y me di cuenta de que la cuadra del lado no tiene los mismos árboles.

Esta noche lleguE de ensenhar a encontrarme con los recicladores, como cada noche, agazapados en el margen de la calzada, esperando su tren.

Luego nuestro departamento no tenía luz, y los chicos estaban muy asustados y nerviosos, hablando hasta por los codos y haciendo lo posible por no tener que irse a dormir.

Me encuentro con el arte y me pasan esas cosas: veo. Me invaden las ganas de ser un vagabundo y dedicarme a recorrer calles. A veces hasta tengo la certeza de que podrIa, sin que me importara nada.

sábado, maio 28, 2005

Veinticinco

“El que sabe cómo vivir puede caminar al extranjero/sin temor al rinoceronte ni al tigre./No será herido en la batalla./Porque el rinoceronte no puede hallar en él un lugar para clavar su cuerno,/Los tigres no hallan dónde usar sus garras,/Y las armas ningún lugar para penetrar./. . . /Porque no posee un lugar para que la muerte entre”. (Lao Tzu, Tao Te Ching, Trad. Gia-Fu Feng y Jane English (New York: Vintage, 1997), Poema 50.)

Porque sabe cómo vivir, porque no posee un lugar para que la muerte entre, puede viajar, puede deambular entre lo desconocido, lo extraño, lo ajeno, puede ser extranjero o puede estar – da lo mismo – en casa en cualquier parte, seguro siempre porque la seguridad ha dejado de ser una obsesión. “Saber cómo vivir” es “no poseer un lugar para que la muere entre” es no tener miedo, es no estar atado a nada.
Pasa por debajo de estas banderas, les da la espalda, las elude, notando no las palabras, sino el tejido de los hilos, el curioso juego fugaz de la oscuridad y la luz que se da bajo un doblez producido por el soplo del viento. La “vida” se le revela como un proceso concreto. Vive sabiendo cómo vivir aquí, ahora, en una espesura de moléculas pujantes, siempre presente, nunca evadiéndose hacia un futuro (miedo o esperanza), nunca deslizándose hacia atrás, babosa, hasta el pasado (remordimiento o satisfacción); se mueve en el aquí y el ahora, donde la vida se desdobla incesantemente y las puertas de la muerte mágicamente se disuelven. Sin temor, experimenta y juega con lo desconocido ante sus ojos lentos y abiertos.

Del libro Living Invention or the Way of Julio Cortázar de Santiago Colás
capítulo Veinticinco

sexta-feira, maio 20, 2005

Luego de volver a Puán, hoy insisto con el tema del revisitar. Estoy en la "Casa de Ohsawa" en Ciudad de la Paz. Claro, vengo con un propósito definido en mente: la mujer, la mesera, la intrigante y atractiva mesera de cabellos crespos y negros que vimos la última vez que estuvimos acá. No fui yo el que habló entonces de tener que volver, ni quien dijo que la razón principal para hacerlo (aparte de la comida, buena, natural, orgánica) era la mujer. Pero lo pensé.
En realidad no sé si mi acompañante de entonces volvió alguna vez. No me lo ha comentado. Yo, en cambio, hasta aquí llegué. No fue fácil, y necesité de persistencia en la idea fija. En mi memoria la zona en que estaba ubicado el restaurante estaba clara, pero no con exactitud la calle. Caminé por Zapata un buen rato, hasta encontrarme con esa propiedad privada que le cierra el camino al paseante contra los rieles del ferrocarril. Recogí mis pasos hasta el punto de partida y luego volví a intentarlo. Esta vez encontré Ciudad de la Paz y fue como una revelación, algo que se fue abriendo paso en mi recuerdo haciendo congruir lo allí almacenado con lo que estaba viendo. Y luego todo estaba como cuando vinimos aquella vez, o casi: la obra en la mitad de la calle, la inmensa excavadora sobre el camión, el barro y las nubes de polvo. Eso a pesar de que entonces fue sábado y hoy en cambio es viernes. Hoy también las mujeres ríen y conversan y comadrean, pero esta vez parece que soy yo el único cliente. Entra una mujer obviamente extranjera buscando una sopa a deshoras. La despacha rápidamente explicándole que la comida es en la noche. Ah, bueno, dice ella, y se va. Las mujeres luego se burlan larga y estrepitosamente de la extranjera y de sus manías. Así estamos siempre.
La mujer que buscaba me ha atendido. Con prisa, me ha servido un té de peperina, exlicándome que no se puede fumar. Yo acepto incluso la prohibición (que me sienta, que necesito) sólo por estar cerca de ella, por poder mirarla, darle un vistazo, ofrecerle una sonrisa, quizás recibir una a cambio. Ella vuelve rápidamente a la cocina, refugiándose entre las mujeres que charlan y matean y cocinan. No vuelvo a verla, o apenas momentáneamente semioculta por la vitrina. A nadie parece importarle mi presencia y siguen hablando como si yo no estuviera. O será ese extraño efecto que producen las paredes. Será que creen que quien no vé no escucha. No sé. Y no sé hasta cuándo quedarme a pensarlo. Allí pasa ella de nuevo y vuelve otra vez a su escondite. No le veo el rostro, que es lo que quiero ver, mirar detenidamente en busca del parecido con una imagen del pasado y de la distancia (esta es mucho más linda, dijo mi aocmpañante aquella vez). Para ver sus formas escondidas tras el pulóver rojo y de rayas. Para encontrar en ella una posible entrada que sea al tiempo una salida de toda esta mierda que de repente se ha revelado apilada frente a nosotros, al abrir la puerta.
Es uno de esos días con el cansancio que traigo en los ojos y en el cuerpo. Salgo obviamente de allí, con unos minutos de chance para mirarla, mirarnos. No digo nada. Yo nunca digo nada. Salgo, apenas, dejando una propina que es poco pero es más que lo que dejaría habitualmente. Y me voy. Y me alejo, buscando un lugar en el que pueda fumar y beberme una cerveza y dejar de pensar en ella y en la persona a la que me recuerda. Ella ha dejado de ser bella, interesante, atractiva. Confrontada con el recuerdo que de ella tenía y con las expectativas que me hicieron llegar hasta allí atravesando el laberinto, ha perdido. He perdido, hemos perdido.

Nada

Silencio...

Sonrisa.

Una voz azul
como el tren al que me subo
rumbo al trabajo, a la molienda,

me recuerda, me dice, me confía
aquello que acabo de decirme:

"no hacer nada, inmovilizarse hasta el punto de
no pensar nada, es la mejor manera
de alcanzar la divinidad"

...

Perder el tiempo...
una forma de ganarlo".


Alguien en bicicleta
pedalea
y mira un paisaje
pasar

"ese tiempo otro,
ese transcurrir de la nada,
es un tiempo no narrable,
no permeable al relato"

("La nada de los otros", MB, JD y AS. Foto(s) MH)


Y tres, cuatro, cinco estaciones más adelante:

"La gente de la cuadra se pregunta
por qué no voy al trabajo, y me ven dando vueltas,
podando arbustos o pintando el cerco en vez de
trabajar en una fábrica. Pero yo soy un escritor".

(Ese es el finadito S. Bellow traslapado por E. Cross)

Y yo: ¿es que necesito autorización para hacer
nada?

Así me bajo del tren y camino por entre el mar de gente que sale del trabajo
y comienza
el regreso a la casa.

Yo en cambio, hasta ahora empiezo.
Y esta vez,
sonrío.