terça-feira, janeiro 11, 2005

La murga

Negada la entrada al laberinto, salimos con la moral en el piso. ¿Qué hacer? Y… sentarnos en un murito junto a las fuentes frente a tres niños de entre 2 y 6 años que juegan a perseguir una pelota. C desconsolado, primero arma una pataleta con el rostro contra el piso, pero luego se entretiene lanzando piedritas a unos huecos misteriosos que a pocos metros abren sus fauces amenazantes. ¿De qué estarán llenos los huecos esos? Y, ¿hasta donde llegarán?
Paso revista mentalmente por todos los lugares en los que puedo pensar para transformar nuestra derrota en otra cosa, pero no en este horario ni en este saturnal día de la semana y menos con los niños. Igual, aún el mapa que tengo en mi cabeza está roto, lleno de lagunas y espacios vacíos. Entonces, digo por decir, como lanzando piedritas al aire a ver si alguna emboca en ese hueco desconocido. El hueco que se ha armado ahora en nuestro día y en nuestra tarde, especialmente después de tanta expectativa que le pusimos a la entrada al laberinto.
Nada. Opciones muy cerradas. Meternos de nuevo entre un cajón transportador hasta la casa y comer allá, o comer antes y luego transportarnos a la casa. Como de costumbre no tenemos consenso y entonces nos dedicamos a deambular en procura de una respuesta o una opción. Caminamos hasta Lavallena y probamos puerta por puerta sólo para descubrir que todas están igual de cerradas que la entrada del laberinto. ¿Qué pasa? ¿Por qué todo cerrado? El aire trae el sacudón de unos bombos y algo parece que está pasando por allá atrás, pero no se ve porque está detrás de esa construcción y de esas vallas y los bombos siguen sonando será un desfile o una manifestación en este lugar nunca se sabe, pero nos vamos acercando de a poco, voy llevando a C sobre mis hombros y él seguramente tiene mejor visibilidad pero me pregunta a dónde vamos y yo le digo que persiguiendo a la música y él que no quiere pero yo insisto, después de todo yo soy quien conduce las piernas en este momento, y cruzamos calles, K y A hacen señas indicando que es por otro lado que debemos ir, pero yo les devuelvo las señas con unas más incomprensibles pero con las que queda claro que es para allá que vamos. Podrían ser petardos, explosiones de mortero, gases lacrimógenos. Sabrá tu madre que serán los bombos, pero qué más van a ser sino eso, bombos, bombos que suenan bommmm-bommmmmmmm-bo-bo-bo-bo-bo-bommmmmm , la alegria no solo es brasilera, que trazan un ritmo, que marcan, que dirigen, bombos rodeados por un corrillo de gente, algunos niños, algunos viejos, una anciana demente que se quita la blusa, sí que hace calor estos días en la ciudad, ese calor húmedo, y pudorosa se la va acomodando al frente, tapándole los caídos pechos, y hay también vagos y jóvenes y desempleados y estamos nosotros que llegamos rondando esa ronda, tratando de descubrir en qué lugar de ese corrillo nos corresponde mirar, sea como extranjeros o como ciudadanos, o como habitantes de otra zona de la ciudad, o como padres con niños o simplemente como unos más de los que no pudieron acceder a la entrada del laberinto.
Pero eso no es todo, no se trata sólo de lo que hay por fuera de los bombos, de la membrana que forman los bombos o el flujo que atraen y que detienen al mismo tiempo. Se trata también, y sobre todo, de lo que hay al interior de ese círculo que nada de redondo tiene, lo que hay flotando en el centro en esa humedad de calor y de lluvia ausente y de fuego y de catástrofes y de muertos, lo que dejó la última marea del año pasado cuando vino arrastrando los últimos desperdicios antes de decir adiós. Y lo que hay ahí dentro, el corazón de la piña, es más jóvenes, unos muy jóvenes, otros incluso niños y sobre todo niñas y mujercitas jóvenes que bailan su baile al compás que marcan los bombos. Esto, pienso yo, debe ser la murga, y de vez en cuando un platillo o un pito, pero sobre todo los bombos que marcan su compás profundo, que van tergiversando el ritmo como señales que saben interpretar estos jóvenes del interior, que saben bailar y saltar y patear al ritmo que les van marcando y saben sonreír e invitar y deleitar.