segunda-feira, janeiro 03, 2005

Año nuevo

Le precede un rey
manos y ropas y espadas teñidas de sangre.
Vuelve de la guerra,
De enfrentar oposición y resistencia,
De sembrar los campos con sus simientes de ruina.

Un hombre anciano se interpone a su paso.
Trabaja con fuego y nueve metales.
Será quizás orfebre, artesano o herrero
Devoto a su comisión con arte y apremio.

Un tercio de sus materiales se emplean
En fabricarle una pobre corona invertida.
Reinar sobre una débil mediocridad es todo a lo que podrá
Aspirar
Tendrá derecho a preguntarse por qué
Tan limitada esperanza.

Un estuche también se le otorga.
En su interior nueve sables se ofrecen como armamento.
Con ellas aprenderá a generar muerte por decapitación,
Aborto y desesperación.

En la puerta se queda el paje que lo acompañaba. Con él los conocimientos, el saber, los libros que no acceden a esta casa.

El portón es precario, hecho con seis varas.
La parte más gruesa de cada una señala el cielo, y
La tierra del piso la rasca con punta delgada como índice esquelético.
¿Se abrirá esa puerta a los enemigos
Por virtud de ellos o
Por deslealtad local?

El espejo de la entrada le devuelve su imagen invertida.
¿Revela también su capacidad de actuar de mala fe?

Adentro el hedor, la podredumbre.
Un aire estancado delata un espacio
Abandonado a la inercia.

Esperanzas de victoria, éxito, concordia.
¿Esperanzas que también son miedos?

Al fondo de la habitación, en penumbra,
Se promete un juicio.
Será el día del cambio,
El renacer,
Un desenlace.