sábado, abril 09, 2005

NataciOn

C tuvo hoy su primera clase de natación. A diferencia de los demás días de la semana, hoy se quedó en el colegio a almorzar. K fue hasta allá a llevarle un sandwich, que se comió apresuradamente mientras A salía de clase y hacía lo mismo. De allí se fueron en colectivo hasta la escuela de natación, que está a pocas cuadras. Allí se encontraron conmigo, que les esperaba. C estaba muy ilusionado con poder ir en colectivo sin nostros, porque según él, así no tendría nadie que le dijera nada. Resultó que K terminó viajando con ellos, para no tener que caminar, pero igual ellos se hicieron juntitos atrás, donde los poderes de la mamá no alcanzaran.
A la entrada del vestier me despacharon a mí, y se fueron solitos a cambiarse para entrar en la pileta. K y yo nos acomodamos en una ventana que da a la piscina, y nos quedamos allí, expectantes, anticipando que C no iba a aceptar entrar al agua, y que no habría quien lograra convencerlo. Perro estábamos equivocados. Al cabo de unos cuantos minutos apareció, muy orondo, en vestido de baño, calzando sus ojotas (chanclas) y con la toalla colgada sobre los hombros. También –como no—llevaba unas gafas que parecen más para hacer cross-country en motocicleta pero que a él le parecieron perfectas para meterse al agua.
Al principio lo tuvieron de aquí para allá, mientras organizaban los grupos. Ash le ayudó a colgar la toalla y a quitarse las ojotas y también se sentó a su lado mientras se mojaban las piernas en el agua por primera vez. Él quería por supuesto quedarse con A, porque estaba un poco nervioso, pero rápidamente se dio cuenta de que no había caso. De un grupo lo pasaron al siguiente hasta que finalmente quedó con un par de chiquitas en la esquina más panda de la piscina. La maestra era una maravilla, pues no sé con qué poderes logró que se metiera al agua inmediatamente, y pronto lo vimos jugando y riéndose, aunque no se separaba mucho del borde de la piscina. Muchas veces se negó a realizar los ejercicios, pero la verdad es que también aceptó muchos. Yo no pude quitarle los ojos de encima ni un minuto, aunque él no nos vio a nosotros sino hasta la parte final, cuando una de las chiquitas vio a su mamá y empezó a gritarle y a llamarla. Pero, contrario a lo que me habría imaginado, él estuvo tranquilo, y siguió haciendo sus cosas o negándose a hacerlas. Poco después salió de la pileta y al cabo de unos minutos uno de los instructores nos lo entregaba. Cansado pero feliz, salimos de allí en compañía de A, rumbo al mercado y luego a la casa.