quinta-feira, abril 07, 2005

La mancha pelota

“Rincón de Almagro” cinco minutos antes de dictar la primera clase de inglés para ejecutivos en años. “Parece que el bar es chico”, me dice un anciano de ojos azules y rasgos angelicales intentando atravesar el trancón de sillas y mesas y gente que se le atraviesa. Él, saco a cuadros, algo de pelo, bigote cano, marcada elegancia, parece tener todavía algo de vitalidad. No así su mujer, enorme y lenta, a la que él intenta hacer pasar y acomodar en una sucesión de sentadas y paradas que acaban con los restos de sus fuerzas. “Párese, siéntese, a ver, ¿cuál es su nombre?”, me llega al recuerdo Rafa C con uno de sus chistes de fallida diplomacia. Obstáculo, ocasión, oportunidad, palabras que resuenan en mi cabeza como bolitas en un juego de pinball ahora que me apresto a entrar a realizar un trabajo que no sé si me gustará. Obstáculos como las mesas y las sillas que son sin embargo también lugares para asentar las posaderas y para comer algo a la carrera antes del trabajo.
Wendel Berry, recordar, y también el personaje de aquel libro para niños, Henry goes to work. Eso tiene que ser este viaje, no un trabajo en sí mismo sino una parte del camino al trabajo verdadero que es escribir. En ese sentido, todo el recorrido, la caminata por Juramento, la espera en la parada en Cabildo, el colectivo hasta Córdoba y el rápido bocado en el “Rincón” no como una sucesión de intermediarios que me separan de la escritura sino como parte de la escritura misma.
Así, por eemplo, el payaso en el colectivo, totalmente vestido y decidido para su acto, aunque los pasajeros no le respondamos como buena audiencia. Y la mancha de grasa que me acabo de ganar como propina de la empanada de pollo. Esa mancha que es también la mancha de mis disposición, la inseguridad, la ansiedad, el miedo. Nervios y carreras. Pasadas las 12:30. Chau.