Morita
Lloviendo en BsAs.
A cántaros y a ríos.
Por momentos.
En suaves riachuelos.
Con sus pausas.
Relámpagos y truenos.
Llueve y espero a K sentado en una mesa de Croxi, frente a la plaza y el parque, a pocas cuadras de la casa. No es aquí donde quedamos de encontrarnos, pero el Con-D estaba cerrado, escondido, oculto, invisibilizado. Espero y fumo y me doy café con los ojos puestos en la ventana. Me pregunto si vendrá por acá o por allá y si se dé la casualidad de que el Con-D aparezca de improviso y ella llegue hasta él, presumiendo que la invisibilidad es mía.
H cuida a los chicos. No puedo dejar de sentir cuando llega que no es allí donde quiere estar. Un trabajo como cualquiera, pero quizás ella preferiría estar en casa con sus hijas entre tanta lluvia y tanto gris. No puedo evitar detenerme a pensar en ellos, sentir que es una irresponsabilidad y un improperio cambiar mis oficios paternales por unos cuantos pesos pagados a un tercero. A una tercera.
Me siento confundido en este momento por mi presente y mi futuro. Qué es lo que hago en Argentina y para qué. Por supuesto que ya los tengo a todos ñatos con esa cantaleta. Ahora quizás sea peor, ahora que empiezan a saltar oportunidades y trabajitos como renacuajos que recién han perdido la cola. Algunos pagos, otros no, otros mal pagos. Lo que debería estar haciendo es escribir, eso está claro, aunque me niegue a aceptarlo. Cada vez que lo pienso salen los fantasmas a asustarme con sus caras moradas de estar blancas: ¿Y los niños? ¿Y la visa? ¿Y los ingresos? ¿Y los gastos? ¿Y el permiso de trabajo? ¿Dónde estarás en un año y qué estás haciendo para garantizarlo? ¡Ay, qué muchas, qué demasiadas cosas!
Y sin embargo (¿por qué cuesta tanto creerlo, recordarlo como quien lo vuelve a pasar verdaderamente por el blandito corazón?) ninguno de estos fantasmas existe. Basta que les diga ¡NO! para que desaparezcan.
El poema de Wendell Berry que me llegó a las manos anoche va por ese camino, lo desempolva. Sólo cuando deje de buscar qué hacer voy a saber qué hacer, va a aparecer el quehacer frente a mis ojos, frente a mis manos, frente a mis pies, donde siempre ha estado. Sólo entonces. Pero, ¿cuándo es ese entonces? Ese entonces es cuando yo lo quiera, cuando yo diga al fin: ¡Ahora!
El poema de Berry me llega a las manos. Esa es la magia. Como una morita ofrecida por su arbusto a la vera del camino. Esa es la magia: atención a cada detalle, cada hoja, cada piedra, cada insecto alado y cada insecto no. Y la conciencia de que en cada uno de ellos reside la totalidad del universo.
A cántaros y a ríos.
Por momentos.
En suaves riachuelos.
Con sus pausas.
Relámpagos y truenos.
Llueve y espero a K sentado en una mesa de Croxi, frente a la plaza y el parque, a pocas cuadras de la casa. No es aquí donde quedamos de encontrarnos, pero el Con-D estaba cerrado, escondido, oculto, invisibilizado. Espero y fumo y me doy café con los ojos puestos en la ventana. Me pregunto si vendrá por acá o por allá y si se dé la casualidad de que el Con-D aparezca de improviso y ella llegue hasta él, presumiendo que la invisibilidad es mía.
H cuida a los chicos. No puedo dejar de sentir cuando llega que no es allí donde quiere estar. Un trabajo como cualquiera, pero quizás ella preferiría estar en casa con sus hijas entre tanta lluvia y tanto gris. No puedo evitar detenerme a pensar en ellos, sentir que es una irresponsabilidad y un improperio cambiar mis oficios paternales por unos cuantos pesos pagados a un tercero. A una tercera.
Me siento confundido en este momento por mi presente y mi futuro. Qué es lo que hago en Argentina y para qué. Por supuesto que ya los tengo a todos ñatos con esa cantaleta. Ahora quizás sea peor, ahora que empiezan a saltar oportunidades y trabajitos como renacuajos que recién han perdido la cola. Algunos pagos, otros no, otros mal pagos. Lo que debería estar haciendo es escribir, eso está claro, aunque me niegue a aceptarlo. Cada vez que lo pienso salen los fantasmas a asustarme con sus caras moradas de estar blancas: ¿Y los niños? ¿Y la visa? ¿Y los ingresos? ¿Y los gastos? ¿Y el permiso de trabajo? ¿Dónde estarás en un año y qué estás haciendo para garantizarlo? ¡Ay, qué muchas, qué demasiadas cosas!
Y sin embargo (¿por qué cuesta tanto creerlo, recordarlo como quien lo vuelve a pasar verdaderamente por el blandito corazón?) ninguno de estos fantasmas existe. Basta que les diga ¡NO! para que desaparezcan.
El poema de Wendell Berry que me llegó a las manos anoche va por ese camino, lo desempolva. Sólo cuando deje de buscar qué hacer voy a saber qué hacer, va a aparecer el quehacer frente a mis ojos, frente a mis manos, frente a mis pies, donde siempre ha estado. Sólo entonces. Pero, ¿cuándo es ese entonces? Ese entonces es cuando yo lo quiera, cuando yo diga al fin: ¡Ahora!
El poema de Berry me llega a las manos. Esa es la magia. Como una morita ofrecida por su arbusto a la vera del camino. Esa es la magia: atención a cada detalle, cada hoja, cada piedra, cada insecto alado y cada insecto no. Y la conciencia de que en cada uno de ellos reside la totalidad del universo.

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