Niño enfermo
Céu enfermo esta tarde con una fiebre que apareció quién sabe de dónde y desapareció igual de misteriosamente hacia el anochecer. Un recordatorio de que así es vivir con niños. Ahora son las tres de la mañana y me siento por primera vez al computador. En algún lugar indeterminado de los alrededores se celebra un cumpleaños con gran desparpajo y ruido. Me sirvo una copa de la muy dulce Crema de Cassis por hacer algo, sin verdadera razón, y menos para acercarme a algo tan dulce que realmente no me gusta. Pereza de abrir el litro de cerveza y de beber cachaza o ginebra. Fumo eso sí, con moderación únicamente porque me quedan sólo un par de cigarros y a esta hora no quiero salir a buscar. Días largos y pesados estos de la temporada navideña. Una verdadera carrera hacia la depresión, alentada en parte por la puta nostalgia que carga esta época, y en parte por la inmovilidad e inacción a las que me he visto sometido. Busco sin cesar un proyecto de escritura y un tiempo para realizarlo. Tengo la noción de que supe antes qué escribir y que lo he olvidado entre la boscosidad de las tareas mundanas a las que me he dedicado en este mes y medio. Mis períodos de sueño completamente atrofiados, y para la muestra este botón. Además de la vigilia a esta hora, completamente atípica para mis rutinas post-paternidad, dormí hasta tarde esta mañana y dormí luego un par de horas en la tarde abrazado al cuerpecito abrasador de Céuzinho. Horas para el sueño que son una escapatoria de la ineventualidad de la vigilia.
Una falta muy grande que siento es la de comunidad. Que en nuestro antiguo domicilio también existía, por supuesto, pero se mermaba un poco con el pequeño contacto que había con vecinos y conocidos. Eso me salvó. Aquí, por lo pronto, de eso no hay, y mi único contacto es con la family. A diario y por demasiadas horas. A esta hora me pregunto cómo se despertará el pequeño, que si la fiebre resurge eso significará pasar con él la mañana entera, mientras K está trabajando y A se va para su colonia de verano. Sin duda sabré cómo arreglármelas con un niño enfermo, además porque no será la primera vez. Pero creo que le temo más es a no tener tiempo de soledad, que parece ser el más productivo para mí.
Hoy hablé con mi hermana telefónicamente un buen rato. Primera vez en muchos meses. Es difícil creer que llevo ya más de 5 años sin verla. Que no conoce aún a mi familia más que por fotos. Hablamos nimiedades, claro, además porque entre el ruido blanco y el estrépito doméstico muchas de sus palabras se me escapaban. Pero igual al colgar con ella sentí ese vacío familiar que me queda por dentro cuando hablo por ejemplo con J. De ahí no logré levantarme el ánimo el resto de la tarde. Esa distancia que se hace tan palpable cuando la voz cruza la distancia por los hilos telefónicos. Solo estoy. Estamos. Cada quien aprende a vivir con sus soledades, haciéndolas alimento o aprendiendo a moderarlas.
Una falta muy grande que siento es la de comunidad. Que en nuestro antiguo domicilio también existía, por supuesto, pero se mermaba un poco con el pequeño contacto que había con vecinos y conocidos. Eso me salvó. Aquí, por lo pronto, de eso no hay, y mi único contacto es con la family. A diario y por demasiadas horas. A esta hora me pregunto cómo se despertará el pequeño, que si la fiebre resurge eso significará pasar con él la mañana entera, mientras K está trabajando y A se va para su colonia de verano. Sin duda sabré cómo arreglármelas con un niño enfermo, además porque no será la primera vez. Pero creo que le temo más es a no tener tiempo de soledad, que parece ser el más productivo para mí.
Hoy hablé con mi hermana telefónicamente un buen rato. Primera vez en muchos meses. Es difícil creer que llevo ya más de 5 años sin verla. Que no conoce aún a mi familia más que por fotos. Hablamos nimiedades, claro, además porque entre el ruido blanco y el estrépito doméstico muchas de sus palabras se me escapaban. Pero igual al colgar con ella sentí ese vacío familiar que me queda por dentro cuando hablo por ejemplo con J. De ahí no logré levantarme el ánimo el resto de la tarde. Esa distancia que se hace tan palpable cuando la voz cruza la distancia por los hilos telefónicos. Solo estoy. Estamos. Cada quien aprende a vivir con sus soledades, haciéndolas alimento o aprendiendo a moderarlas.

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