sexta-feira, dezembro 31, 2004

Nadar sin ropas

Pasada la media noche se escuchan las voces, los cuchicheos. Risitas nerviosas, secretos. Pasos extraviados entre la hierba, el rasguño de una nota destemplada en la guitarra que cuelga de un palo de mango. Desde las hamacas sabemos que algo está sucediendo, y la prudencia nos aconseja quedarnos inmóviles, fingiendo el sueño que hasta hacía poco transitábamos. Las voces pueden ser de este lado y también del otro. Pueden venir acompañadas de ángulos metálicos, como las de las cigarras.
Luego oímos una de esas voces dirigirse a nosotros entre susurros. Es C, que nos llama. Que nos invita. A salir de las hamacas, a abrirle los ojos a la luna que brilla y brilla exigiendo audiencia. Que ilumina con sus rayitos de claridad el sendero que baja hasta el río. Que se estrella con fuerza contra sus rocas prehistóricas.
Somos cinco y la noche es espesa. Unos flacos, otros no tanto. Las moyas de los siete colores reciben el agua que borbotea como entre un caldero. Una poción mágica se cuece esta noche. C es el primero, faltaba más. Sus dotes de liderazgo. En menos de lo que canta un gallo se desnuda y se lanza al agua, saltando de moya en moya como delfín de agua dulce. Le sigue A, que por esos días es su novia. Desnuda sus carnes pacíficas sin parsimonia y le ofrece su cuerpo a las aguas. Nosotros tres –los que faltamos-- nos miramos sin mirarnos, a la expectativa de lo que va a pasar. No nos podemos quedar atrás. No sé si soy el siguiente, pero sé que no quiero ser el último. Nuestros cuerpos desnudos deambulan en la penumbra por sobre la superficie pétrea. No nos queda duda de que así escenificamos perfectamente la carátula de un disco de rock.
El agua de la moya brota y se sumerge, arrastrándonos suavemente en su jugueteo. Con el movimiento rozo sin querer la piel de mis acompañantes. Somos cómplices en esta aventura, pero no puedo alejar de mí el pudor que con tanto ahínco han enraizado en mí con veinte años de educación continuada. Miro sin mirar, toco fingiendo no sentir. Reímos, gritamos, nos sumergimos e inventamos competencias.
Ignoro cómo y cuándo regresamos a las hamacas. Hurgo en mi memoria, pero no encuentro ese regreso. Quizás nunca regresamos. Una noche llena, desnuda, sin un final rutinario.